domingo, 3 de abril de 2011

EL MILAGRO DE LA MÚSICA



Esta tarde han desfilado los cornetas y tambores del barrio de La Estrella, la banda juvenil de música y otros personajes de más trapío y renombre de la localidad (estamos en plena campaña pre´electoral) Aún no han empezado oficialmente las fiestas, pero ya llegan los ecos de los tambores desde cualquier calle como sones de guerra procedentes de lo más profundo de la tierra.
Mientras veía el desfile pasaban frente a mí varias promociones de alumnos difíciles y otros muchos que, o bien han abandonado los estudios o están a punto de hacerlo. Algunos compañeros de PCPI de mi hijo. Chavales que no saben qué hacer con un lápiz y un cuaderno y que, sin embargo, tocan la percusión de maravilla. Ni uno ni dos: muchos. Desfilan compenetrados, atentos a las señales del cambio de ritmo o de paso, puntuales, ayudando a los más pequeños a situarse, a cambiar el paso o a leer la partitura.
Las autoridades locales se los rifan para los desfiles aunque los citan una hora antes y no les dan ni de merendar. Cuando llegan las bandas a la puerta del teatro terminan su misión, acarrean sus instrumentos al local de ensayo o a sus casas y no esperan ni las gracias. Cada día tocan mejor, o mejor que saben y lo mejor que pueden. Algunos de esos chavales han estado enganchados a las drogas o lo están todavía, acuden a tocar a los desfiles porque la banda cuenta con ellos y son imprescindibles. Se sienten necesarios, son necesarios.

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