En una película Dogma llamada "Mifune" de ascendencia danesa conocí a Toshiro Mifune. En realidad la acción se desarrolla en una granja cerca de Copenhague, gira en torno a tres personajes perdidos en sus mundos paralelos. Es una de esas pelis nórdicas de la estirpe de Bergman, sin mucho retruécano pero cargada de ternura y paisajes fríos. El cine Dogma es un poco como las películas caseras que filman los niños o los abuelos: cámara que enfoca a la pierna de cordero y que se dispara a la tele para acto seguido enfocar al techo durante 20 interminables segundos. Se hacen para demostrar que la realidad está ahí mismo y que es la misma que aparece en el cine.
En "Mifune" uno de los personajes, deficiente mental, se encierra en el sótano de la granja cuando la realidad se convierte en algo incomprensible o violento. Su hermano baja a buscarle para tranquilizarle y en un momento glorioso él le contesta que espera a Mifune, que aparecerá para salvarlo: la felicidad es ver a Toshiro Mifune empuñando una espada. Como en "Los siete samuráis".
Es difícil hablar de lo que pasa en Japón. Es difícil hablar de la realidad cuando no se comprende, casi nunca se comprende nada. La realidad no es ese mundo inamovible al que nos hemos acostumbrado. El mundo se mueve y cae y los pilares de nuestra cultura hace tiempo que se remueven en cimientos de incertidumbre.
En Japón defienden su aldea y a sus familias con las mismas espadas oxidadas por la lluvia que aquellos siete samuráis.
La felicidad sería ver a Mifune bajar las escaleras del sótano.
Desde las ventanas de mi casa no se divisan fronteras. Miro y trazo los mapas de una cartografía imaginaria. Es lo que tiene vivir en un 6º exterior.
viernes, 18 de marzo de 2011
domingo, 13 de marzo de 2011
ALL ABOUT MY MOTHER 2/ LA SEÑORA QUE SE CAÍA EN LOS PASOS DE PEATONES
Qué decir de los pasos de peatones que no salen en los discos de los Beatles porque no están en Londres en los días soleados ni se han convertido en iconos del pop. Pues que resbalan. Las señoras que salen del mercado o del banco o de visitar a su prima hermana se resbalan y caen como un plomo agarradas a 4 kilos de compra en cada mano y a ello contribuye el paraguas desestabilizador llámese "por si acaso se me moja el pelo me lo llevo que no me ocupa lugar entre los dedos que me quedan libres o me lo clavo en la nuca".
Pues eso: resbaló entre las rayas porque la lluvia no acaba de limpiar el suelo y la compra es lo primero, no sin mi arreglo de cocido.
La señora que se caía en los pasos de peatones acababa de dejar a su hija, embarazada de 7 meses, quien a su vez cargaba con tres- cajas- tres de ropa de bebé perfectamente empaquetada que debía ser lavada A MANO porque si no no salen las manchas de baba y papilla con el tiempo amarillenta, y la señora se disponía a cruzar el paso de peatones. En ello resbaló frente al BBVA y se cayó, a las 11´30 de la mañana de un viernes.
La señora que se caía en los pasos de peatones se vio en el suelo húmedo y pegajoso dos décimas de segundo antes de que se aglutinaran en torno a ella varios clientes del banco solícitos a ayudarla, los camareros del bar de enfrente y otras diez señoras que aquella mañana no se caerían en ningún paso de peatones porque ya mi madre las representaba con orgullo.
La señora que se caía en los pasos de peatones tiene actualmente un informe de urgencias que detalla los mapas de moretones que irán acabando por emerger como atlántidas en su cuerpo serrano de 75 años.
La señora que se caía en los pasos de peatones se ha recorrido 12 kms de un tacada en la romería del pueblo y ha caminado por diversas ciudades del mundo con el bolso en bandolera y mirando las bocas de metro diciendo "por dios, qué hormiguerío, con lo bien que se va por arriba".
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martes, 8 de marzo de 2011
A LO MEJOR...
Cuando ya creíamos que estaba llegando la primavera, empieza a arreciar de nuevo el frío. Hibernando como los osos. Rodeados de libros que nos protegen del invierno, que muere dando sus últimos coletazos de agonía.
Como éste de Simon Leys, La felicidad de los pececillos.
Como éste de Simon Leys, La felicidad de los pececillos.
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