En una película Dogma llamada "Mifune" de ascendencia danesa conocí a Toshiro Mifune. En realidad la acción se desarrolla en una granja cerca de Copenhague, gira en torno a tres personajes perdidos en sus mundos paralelos. Es una de esas pelis nórdicas de la estirpe de Bergman, sin mucho retruécano pero cargada de ternura y paisajes fríos. El cine Dogma es un poco como las películas caseras que filman los niños o los abuelos: cámara que enfoca a la pierna de cordero y que se dispara a la tele para acto seguido enfocar al techo durante 20 interminables segundos. Se hacen para demostrar que la realidad está ahí mismo y que es la misma que aparece en el cine.
En "Mifune" uno de los personajes, deficiente mental, se encierra en el sótano de la granja cuando la realidad se convierte en algo incomprensible o violento. Su hermano baja a buscarle para tranquilizarle y en un momento glorioso él le contesta que espera a Mifune, que aparecerá para salvarlo: la felicidad es ver a Toshiro Mifune empuñando una espada. Como en "Los siete samuráis".
Es difícil hablar de lo que pasa en Japón. Es difícil hablar de la realidad cuando no se comprende, casi nunca se comprende nada. La realidad no es ese mundo inamovible al que nos hemos acostumbrado. El mundo se mueve y cae y los pilares de nuestra cultura hace tiempo que se remueven en cimientos de incertidumbre.
En Japón defienden su aldea y a sus familias con las mismas espadas oxidadas por la lluvia que aquellos siete samuráis.
La felicidad sería ver a Mifune bajar las escaleras del sótano.
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