Allá por el 2004 viajamos a Ámsterdam con J. y S. Estábamos a punto de comenzar una nueva vida en este pueblo con todo lo que eso suponía: una mudanza de dos camiones (perdí media colección de cerámica popular andaluza y una alfombra bereber), nuevos colegios para nuestros hijos, la oficina del paro asiduamente visitada por J. (nunca hay nada para los traidores a la Conferencia Episcopal, ¡Encontrarás dragones!) Así que aquel verano nos fuimos a Ámsterdam.
Compramos Silvia y yo kilos de bulbos de tulipán. Los planté en nuestra casa del campo. Creo que no ha brotado ninguno desde entonces. Sin embargo, cuando llegamos allí el viernes pasado encontramos un precioso tulipán amarillo en uno de los arriates.
¿Será una señal? ¿Pueden las semillas de hace tantos años germinar y brotar sin cuidados? ¿Podremos levantar de nuevo nuestra casa, sin mucho coste para nuestro bolsillo? ¿Será que la humedad ha podrido medio patio y por ello las baldosas se convierten en arenilla? ¿Habrá llegado esa misma humedad hasta las vigas de madera maciza que sustentan el tejado del pajar y, por tanto, el albañil nos presentará dentro de 15 días un presupuesto digno de la restauración del mismísimo Palacio de Líria o de Villa Favorita? ¿Eh? ¿Eh?
No hago mas que pensar en ello. Sueño nuestra casa (si a esto se puede llamar nuestra casa o, al menos, una parte de ella)
¿Eh? ¿Tengo o no tengo razón? Ya quisiera Tita semejante desafío. Había hasta una culebra mimetizada en la piedra. Parecía un cuadro de Francis Bacon.



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