
Supongo. Recuerdo cuando era una niña (yo, la misma que cumplirá dentro de poco 46 y que no los aparenta, a decir de mis compañeras, qué bonicas...) que escribía en cuadernos escolares diferentes comienzos para diferentes novelas que nunca terminaba. Luego fui adolescente en días idénticos a nubes. Ahora queda un poco de humo dentro de una nebulosa o constelación de familias y trabajos, un poco de aquella criatura.
Apenas escribo, apenas tengo tiempo. Tengo tantas cosas... Mis dos familias (mamífera y alada), mis dos casas (que hoy en día valen juntas lo mismo que un buen huerto con pozo), mis trabajos domésticos con hijos ajenos y propios.
Compro cuadernos para empezarlos y no encajo en tres líneas ni un verso.
Ay, en llegando la primavera todo se renueva y mi pobre cabeza debe hacer sitio para otras cosas.
Quizá estoy pensabunda y emífera desde que visitamos a F. e I. en la residencia de ancianos. Están lejos de su vida en el campo, de su huerta y su corral, les falta aquello que les unía a nosotros y a la tierra, están fuera de la vida. Sólo están esperando.
Quizá son los problemas con los hijos, también se están yendo constantemente y no avisan, no hay señales.
Ramas de febrero, hacia la luz y hacia la vida...





