Acabamos de cenar M. y yo. Y nos hemos dado un homenaje que no veas: alitas de pollo en salsa barbacoa, patatas fritas congeladas con sabor a barbacoa y yogures de mango con regusto a ... Eso es: barbacoa.
Al acabar de cenar M. me ha mirado y lentamente ha acercado su mano a mi pelo, en lo que yo pensaba una caricia tranquilizadora de "qué bueno todo y qué abundante" y ha sacado un fideo amarillento de mi coronilla. Verídico. Efectivamente hoy he comido sola, una comida de sola: caldo con fideos y un huevo escalfado en la herrumbre. No quiero dar lástima pero no recuerdo cómo ha podido llegar el fideo hasta mi cabeza. Mi mayor preocupación es esta: ¿y si llego a clase con una bota de cada color? ¿Y si estoy explicando la autoría del Lazarillo con un churrete de yogur en la blusa? ¿Olvidaré dónde vivo?
Nos hemos reído un rato, pero la verdad es que he ido al mercadona con el fideo pegado a los pelos. Se disimulaba entre las canas porque era de los de cabello de ángel. Qué hermoso, lo juro.
Echo de menos tantas cosas.
Es la edad, que me diría mi médica.
Es que hace 15 días murió uno de mis alumnos. Querido durante cuatro años y qué putada.
Es que cumplimos años y no se olvida ni un minuto de alegría.
Es la vida de esperanza en salas de espera.
Es la experiencia y saber que esas palabras "echo de menos" no solucionan nada, solo apuntan a un futuro. Siempre vuelven las mañanas de frío entre olivos pero nunca será el mismo el fuego el que calentó nuestras manos al llegar a casa.