miércoles, 16 de febrero de 2011

UN GRANO DE ARENA EN LAS PLAYAS DE HOMERO

Ea, me lo he llegado a plantear seriamente. Hablo poco de mi trabajo en estas páginas estratosféricas. No es que no me guste, ni me interese. Se lleva las mejores horas del día, las más frías y atentas. Se lleva el tiempo de la alegre primavera, del dulce fruto... Antes de que el tiempo helado cubra de nieve la hermosa cumbre. Sí, estamos estudiando la poesía de Garcilaso. Con otros alumnos estudio las extrañas transformaciones que sufre la lengua al pasar un pelotón de palabras de voz activa a voz pasiva. Y con 2º de bachillerato nos peleamos para que Max Estrella no muera este curso tampoco.
Continuas peleas de mi vida doméstica. Porque mi trabajo no exige más etiquetas, forma parte de esta vida de atalaya y de algunas cartografías imaginarias que mis alumnos  y compañeros me proporcionan desinteresadamente. Mi trabajo es parte de la vida, mía y de otros. Son abordajes ajenos a los que me someto desde que aprobé las oposiciones al cuerpo glorioso de funcionarios civiles del estado.
Estado de la burocracia Weber.

"Ya sólo espero no tener que dirigirme al Delegado de Actividades Matutinas para que envíe un informe al Coordinador de Gastronomía, que solicite al Tutor de Líquidos y Sólidos, para que éste a su vez le proponga al Subdelegado de Relaciones Sociales Durante el Segmento de Ocio, que, tras una negociación conmigo, haga el favor de decirme cuánto le debo por el café. Lo dicho, si Kafka hubiera sido profesor de instituto podríamos decir que es un escritor costrumbrista."
                               http://elblogdejuanjo.wordpress.com

Miro hacia atrás y consulto los mapas de antaño, otras cartas de marear, y me pregunto cómo hemos podido volver la cabeza ante las evidencias de la vida...


Y encontrar este paisaje...



 Escribo poco sobre mi trabajo porque mi trabajo, desde hace 21 años, es aquello que el común de los mortales entiende por sector educación. Levantarme cada mañana y mirar los dos palmos de suelo que me mantienen en pie. Luego, caminar. Eso sí, después de dos cafés  de melita  compartidos con J. (ambos walking dead), aseo personal, comprobar el estado del lavavajillas y/o fregadero, buscar el coche en la zona de residentes (es lo que tiene vivir en el centro again) y replantearme el mito de Apolo y Dafne de camino al instituto.
¿Y si la voz pasiva fuese la transformación de Dafne en un hermoso laurel?

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