Nos damos cuenta de que vamos cumpliendo años cuando aquellos nombres que configuraron nuestra juventud ya no existen. No existe el beta, ni los disquetes, ni las cintas de video. No existen los vinilos, ni los walkman, ni aún las fotocopias. A casi nadie de nuestro entorno le suenan los nombres de Coppola o Wenders, "Corazonada" o "El cielo sobre Berlín"... Aquellas películas en una dimensión que nos abrieron los ojos al mundo y al arte con mayúsculas.
Ahora les pongo a mis hijos aquellas pelis (anteriores a 1999) y empiezan a reirse nada más ver los pantalones a la cintura y los pelos peinados a raya. Les parecen contemporáneas de Buster Keaton. Y eso por no hablar de las portadas de algunos discos...
Nos damos cuenta de que envejecemos cuando nuestros hijos nos explican cómo funciona la realidad: llamamos inútilmente a las puertas del futuro con artefactos extraños de complejo mecanismo. Al final, las aristas del tiempo se ablandan entre nuestros dedos, al contemplar que no estamos solos, que pasa también el tiempo de los otros y que no somos únicos extraños en un mundo de extensas alegrías.
Felicidades a los que una vez caminaron bajo el sol.
¡FELICES CUMPLEAÑOS!
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