Cuando hacía frío (entonces el frío duraba lo que un invierno medieval) mi madre, mis tías y mi abuela confeccionaban jerséis a mano, jersés los llamaba mi abuela. Con ellos nos abrigaban, a los nietos e hijos, nos forraban de color y grecas con motivos más o menos actuales. Al llegar a los 14 ó 15años invariablemente empezábamos a odiarlos porque no pegaban con los vaqueros de campana ni con los botines de imitación becerro tintado. Porque eran de factura casera, eran de pueblo, de paletos, de gente sin estilo, de pobres, de pringaos que no podían ir al Corte Inglés a renovar el guadarrropa de invierno. Nuestro fondo de armario invernal se guardaba en el arcón del pasillo vigilado de cerca por las bolas de polil y se sacaba por estas fechas para airearlo, que decía mi madre.
Mi hermanos lucieron varios inviernos un jersé igualito al de la foto (inferior derecha) con grecas de alces y cipreses, hasta que los puños se convirtieron en mochos.
Ahora lo vende un tal Cominó (o así ) por 811 euros!!! Mi madre se hacía uno a la semana mirando la tele o vigilando la merienda y los deberes.
Ahora me avergüenzo de mi vergüenza de entonces. Qué lo sepáis: no tendrá el calor de las manos de una mujer tejiendo entre risas.
Madre del amor hermoso, así toda la revista de este domingo. Qué tarde más mala he pasado.

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