domingo, 5 de septiembre de 2010

REGRESAR

Regresar, llegar, volver, anidar de nuevo en las rutinas y guardar las alas para más tarde. Así supongo que se sentirían los viajeros del XIX (sin vueling ni peajes) cuando por fin dejaban sus baúles arrinconados en el desván y comenzaban a preparar su próximo viaje. Así nos sentimos ahora nosotros. Ya lo decía Paul Bowles, no soy turista sino viajero, no voy a los lugares que todo el mundo visita y recorre sino que regreso de desiertos y  océanos a los que viajo por el placer de regresar y recordar el inmenso vacío, el silencio. Lawrence de Arabia respondió a un viajero inglés, ante la extrañeza de éste por los largos años que había pasado allí, que le gustaba el desierto porque estaba limpio. Ahora ningún lugar del mundo está limpio y sin embargo seguimos viajando para limpiarnos el miedo y reconocer nuestra infinita ignorancia, al menos mi familia y yo.
Somos viajeros. Por ello cuando nuestros amigos nos preguntan si hemos visto una larga lista de museos, mausoleos, catedrales, palacios y tal, nos quedamos con la la misma cara que pone N. cuando llega bien tarde por la noche y nos ve dormitando en el sillón o directamente en la cama, la cara de "realmente he visto la hora en el reloj pero si supiérais lo que me ha pasado por el camino, chaval, qué movida, mañana os lo cuento, que me caigo de sueño". O sea, sí, vimos los uffizzi (significa oficinas, no eran parientes de los médicis) pero qué hermosa la vista sobre el Arno y qué sobrecogedor el único cuadro de Lotto;  visitamos la accademia y su David (por sus dimensiones más bien Goliat y reinventamos la historia bíblica); no subimos a la torre de Pisa... Hemos visto (como decía el malo de Blade Runner, bueno, sobre esto hay teorías) muchas lunas ponerse sobre Orión y eso nos basta. Todo el mundo va a Italia y qué hermosas torres y puertas, plazas, cúpulas. Sin embargo, no creo que volvamos a recorrer en bicicleta cada tarde una muralla bordeada de árboles y ver infinitos matices de verde y dorado mientras se pone en sol en Lucca.
Todo el mundo va a Italia. Nosotros hemos regresado de Lucca.
De todas formas, lo que más les ha gustado a mis hijos ha sido la casa que alquilamos en Lucca. Como siempre. Y, por supuesto, las áreas de servicio de la A-7: todo un microcosmos de razas y lenguas en las que aprovisionarse de mentos, pringles y coca-colas. Cuando me llevé a mi misma a limpiar el coche salieron de debajo de los asientos botellas de refrescos en varios idiomas y cientos de papeles de chicles y caramelos. Y las pizzas sin mozzarella (están buenas), las zapatillas Converse (sí, son idénticas a las de aquí), los puestos de recuerdos (ídem) y los raperos de la plaza de la Comedia en Montpellier.

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