Los profes tenemos la mala costumbre de llamar años a los cursos académicos: el año que viene voy a coger 3º, el año que viene me voy a preparar tales temas o van a leer este libro. Sin embargo, para todos los demás el año comienza un 1 de enero y acaba un 31 de diciembre, un mes de vacaciones en verano. Para nosotros dentro de unos días se acabó todo. Andamos ahora sumidos en un mar de papeles y de notas de evaluación. Yo estoy un poco perdida: volví a trabajar el lunes y durante esta semana me he reencontrado con los alumnos a sabiendas de que, dentro de poco, tendré que despedirme de ellos. Hay pocas ganas, las aulas son un horno, el culo se pega a las sillas, las pizarras queman.
Estoy bastante cansada. Mis aulas se encuentran también en esta casa desde la que observo. Mis amigas, las madres de los amigos de mis hijos, mis vecinas, mi familia... cuentan cómo van a ser los resultados académicos de sus hijos. Es el tema de conversación en estado latente. O bien, madres de mis alumnos que me preguntan por la calle, en el supermercado, en el parque... ¿cómo va, cómo lo ves, qué le va a quedar?
Mis aulas están aquí también, quemaré las naves en junio otro año más y tendré que reconstruirlas de nuevo en este astillero pobre y maltrecho, compraré madera nueva que sustituya a la podrida, y al trabajo.
Es difícil desconectar de este trabajo cuando se tienen hijos adolescentes. Todo lo que me rodea es una nebulosa pedagógica que se convierte en vapor ardiente al llegar estas fechas.
Para colmo de males, los ánimos de los compañeros se disparatan y aumentan las tensiones latentes durante todo el curso.
Para colmo de bienes, una noche de sábado cálida y tranquila. M. bailando en el estudio su última coreografía (ha dejado el parqué reluciente) y N. rapeando en su habitación sobre el eterno tema de siempre: por qué soy tan desgraciado si no me falta de ná, dejadme vivir mi vida y me la suda la autoridá.
Vendrán más años ¿nos harán más ciegos o más sabios?
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